Tus sentimientos, tus sensaciones, esas energías que están vivas en tu cuerpo ahora mismo, no los ha causado nadie más, y nadie más puede manejarlos. Ahora que ya eres una persona madura solo tú eres responsable de tus sentimientos. Esta comprensión puede acabar con el juego de la culpa de una vez por todas, y te deja ahí, de pie, justo en el lugar en el que reside tu verdadero poder: el momento presente.

Sí, es cierto que los demás pueden desencadenar el dolor y la pena que ya estaban latentes en ti, pero no hacer que te sientas como te sientes. No pueden crear sentimientos dentro de ti y, ciertamente, tampoco pueden experimentarlos por ti.
Tu responsabilidad está en cómo respondes a los sentimientos y los pensamientos incómodos, qué tipo de relación tienes con ellos. Nadie puede hacerte feliz, ni nadie puede hacerte infeliz. Lo único que ocurre es que constantemente te invitan a encontrarte con esas partes de ti con las que aún no te has encontrado, a entrar en contacto con todo aquello de ti mismo con lo que nunca has querido entrar en contacto.

Hacer a los demás responsables de cómo nos sentimos es el comienzo de toda violencia, tanto interna como externa; es el comienzo de todo conflicto entre personas y, en última instancia, de las guerras entre naciones.

No metas a los demás en la trampa. Honra lo que está vivo y es real en ti ahora mismo. Aprende a sostener tus propios sentimientos como si se tratase de niños a los que amas, sin importar con ­cuánta intensidad reclamen tu atención. Celebra la vitalidad que hay en tu dolor, lo vibrante y latente de tus desilusiones, la electricidad que corre por tu tristeza. Arrodíllate ante el poder de tu ira cuando te enfadas. Venera su feroz creatividad.
Cuando adoptas una posición de profunda aceptación, no te vuelves débil ni pasivo. Todo lo contrario. Simplemente entras en el mundo con una actitud de no violencia y, por lo tanto, de inmenso poder creativo, y estás abierto a la posibilidad de escuchar en profundidad, de establecer un diálogo honesto, abierto a cualquier cambio inesperado.
Cuando sufres, te vuelves pequeño. Cuando amas, todo es posible.

Pasaje de: «La senda del reposo: Descubrir el valor necesario para amarlo todo» por Jeff Foster.